‘Frank Sinatra en Reprise: Renovarse o morir’ (29/3/10)

Sinatra, nadie lo puede dudar, es uno de los mitos incuestionables del siglo pasado. Una leyenda indiscutible forjada dentro y fuera de los escenarios. Un vocalista perfecto que dejó una obra grabada titánica, parte de la cual, la que registró para su propio sello, Reprise, desde 1960 está siendo convenientemente reeditada. En este Archivo, nos adentramos en esas grabaciones.

Cuando alguien pregunta por qué Frank Sinatra es considerado uno de los artistas clave del siglo XX, las razones que se argumentan son siempre –y con razón– musicales. Sin embargo, hay un aspecto del artista que suele ser pasado por alto que pone de relevancia su férreo compromiso artístico. Sinatra fue el primer artista en dar un zapatazo en el despacho más alto de una compañía discográfica y en montar un sello propio para disfrutar de plena libertad creativa.

Pocos dudan de que el periodo de Sinatra en Capitol Records fue el más brillante de su carrera. Las canciones y LPs grabados entre 1954 y 1962 son verdaderos tesoros de la historia musical del pasado siglo, y con ellas se forjó la leyenda del mejor Sinatra. Sin embargo, aunque el periodo Reprise resulte más irregular —después de todo, veinte años dan para mucho—, supuso también una etapa de experimentación continua. A pesar de los éxitos cosechados antaño, y de que el público no se cansaba de sus canciones de siempre, Francis Albert se empeñó en adentrarse en nuevos caminos, ya fuese la bossa nova o los éxitos pop del momento, sin miedo a que el riesgo le costase duras críticas o descensos de ventas.

También en Reprise decidió ir un paso más allá con la idea de álbum conceptual que él mismo había desarrollado en Capitol Records, y logró hacer realidad el sueño de grabar discos con grandes del jazz como Duke Ellington o Count Basie. Por no hablar de las nuevas versiones de populares repertorios de obras de Broadway que grabó junto a un elenco de amigos que corta la respiración, desde Dean Martin y Rosemary Clooney a Dinah Shore, Sammy Davis Jr. o Bing Crosby. Y para poder desarrollar todos esos proyectos, el artista necesitaba libertad.

“REVENGE” RECORDS
Las discrepancias de Frank Sinatra con Capitol habían comenzado hacia 1956. Ya entonces el cantante había expresado su malestar al constatar que al sello parecían interesarle más las cuestiones de marketing que los aspectos artísticos de su trabajo. Un par de años después, al verse ya como uno de los cantantes que generaba mayores beneficios, planteó a los directivos de la compañía la creación de un sello específico que él mismo controlaría. Además, quería un porcentaje de beneficios más adecuado a su proyección en el mercado, nada menos que el cincuenta por ciento. La respuesta negativa llegó bien argumentaba: si se lo concedían a él, qué impedía que otras estrellas de Capitol exigiesen un trato similar.

Aquellas negociaciones tienen una curiosa leyenda. Al parecer, tras una de aquellas reuniones, Sinatra llegó hecho una furia al estudio de grabación en el que le esperaba su arreglista y director de confianza, Nelson Riddle. El cantante iba tan “acelerado” que le pidió a Nelson que aumentara el tempo de todos los arreglos, y sin apenas ensayar, grabaron uno de los discos más cortos de toda la carrera de Sinatra, “Sinatra’s swingin’ Session!!!” Eso sí, también es uno de los más vibrantes e irresistibles, con una energía desbordante.

Convencido de dar salida a los numerosos proyectos que tenía en mente, Sinatra decidió plantar batalla a Capitol con la creación de un sello propio, bautizado como Reprise (“repetir”). El cantante explicó en su día que el nombre hacía referencia a que serían discos que la gente escucharía una y otra vez, aunque nadie pasó por alto el evidente juego con el término “reprisal”, represalia. De hecho, Frank se refería a la empresa muchas veces como “reprize”, en italiano, y algunos periodistas maliciosos lo citaban, directamente, como Revenge Records.

Reprise Records estaba ya en marcha a finales de 1960, con un amplio abanico de propósitos por cumplir. Para empezar, estaba el asunto del estilo. Frente a las sesiones tradicionales en las que el cantante grababa junto a la orquesta, normalmente ante un reducido grupo de conocidos, en los sesenta cada vez se tendería más a la grabación por pistas; en ocasiones, los músicos ni se veían entre ellos. Un día se registraban las cuerdas, otro el piano, otro la voz. Y todo, por supuesto, en privado y haciendo uso de la maquinaria más moderna. En Reprise no sería así. Podían tener los mejores equipos (Sinatra no reparó en gastos), pero los discos se grabarían al viejo estilo, conservando el clima, la frescura que suponía la relación entre la orquesta y el intérprete, entre éstos y el público presente.

Además, Reprise iba a permitir a Frank y a todos sus amigos, desde Dean y Sammy a Nat King Cole, Rosemary Clooney o jóvenes promesas como Trini López, afrontar proyectos a su gusto y medida. Aquello podía ser una empresa, pero por encima de todo era el respaldo discográfico de uno de los mayores artistas del momento al servicio de sus colegas. “La Voz” —a quien ahora apodaban “El?Presidente de la Junta”, por sus nuevas responsabilidades empresariales— no tuvo más que exponer el proyecto para que una decena de ellos decidiese comunicar a sus respectivas discográficas que querían romper el contrato para pasarse a Reprise.

En el nuevo sello, lo primordial para los ejecutivos era el aspecto artístico. Resuelta la grabación, se ocupaban de los detalles financieros. De hecho, era el único sello que permitía a cada artista control creativo completo sobre sus producciones, además de gozar de mayores beneficios económicos. Desgraciadamente esa política se demostró poco efectiva, y sumada a otros factores, llevaron a Sinatra a tener que vender dos tercios del sello a la Warner en 1963.

SINATRA CONTRA SINATRA
Es curioso que el propio éxito de Frank Sinatra fuese en cierta medida el culpable del fracaso de Reprise. Al poner en marcha el nuevo sello, el cantante seguía estando comprometido aún a grabar cuatro discos con Capitol, trabajos que afrontó con su profesionalidad habitual. Al mismo tiempo comenzó a publicar también nuevo material con Reprise. De este modo, entre julio de 1960 y julio de 1962, salieron al mercado nueve discos de Frank Sinatra, cuatro con Capitol y cinco con Reprise, amén del relanzamiento de sus viejos éxitos programados por Capitol. El resultado directo fue que el potencial creativo de cada una de estas producciones se diluyó por completo al no saber el público a qué producto acudir. Los discos que salieron peor parados fueron los de Reprise, sencillamente porque llegaron al mercado más tarde, a partir de marzo de 1961.

El primer álbum en la nueva compañía, con Johnny Mandel como arreglista, era toda una declaración de intenciones desde el propio título. “Ring-a-ding-ding” era una popular expresión —evocaba al sonido de las monedas en una máquina tragaperras— empleada entre los integrantes del Rat Pack que significaba éxito, diversión, beneficios. No en vano, cuando este primer disco salió a la venta, los chicos andaban en Utah inmersos en el rodaje de la gamberra “Tres sargentos”, al tiempo que Frank, Dean y Sammy se divertían con sus anárquicas actuaciones en los hoteles Sands o Cal-Neva. Aquel álbum reunía a los mejores letristas (Porter, Berlin,?Gershwin,?Kern, Cahn/Heusen, Schwartz/Dietz) al servicio de unos arreglos que ponían de manifiesto que Mandel prefería jugar sobre seguro y seguir el camino ya abierto previamente por arreglistas como Nelson Ridde o Billy May junto a Sinatra. Aunque suele pasar desapercibido en la discografía del artista, se trata de un debut excelente para el nuevo sello, con equilibrio agradable y efectivo entre baladas y temas con mucho swing, todos ellos rebosantes de energía.

El propio Billy May, Sy Oliver, Don Costa o Neal Hefti fueron los principales arreglistas con los que trabajó Sinatra durante aquellos primeros años de Reprise, junto a los que grabó discos con aires de jazz junto a otros más románticos. “Sinatra swings” (1961) y “Sinatra and swingin’ brass” (1962) fueron dos trabajos destacables, con una amplia selección de temas, la mayoría previamente grabados, a los que el artista intentó imprimir nuevos bríos. Capitol tuvo que ponerse sería cuando apareció el primero de ellos porque su título inicial,?”Swing along with me”, recordaba demasiado a aquel “Come swing with me”, publicado por Sinatra unos años atrás, por lo que en las siguientes ediciones apareció ya como “Sinatra siwngs”. También en este apartado más jazzístico cabría señalar el “I remember Tommy” (1961), con el que el baladista recuperaba algunos de los clásicos que le hicieran popular bajo la dirección de Tommy Dorsey, actualizados para la ocasión por Sy Oliver. Sin ser un disco memorable, resulta curioso escuchar al cantante revisitando con cierta madurez aquellos temas de su juventud.

Las cuerdas ganan peso en los discos “Sinatra and strings” (1962) y “Great songs from Great Britain” (1962). El primero de ellos, sobre todo, es una pieza excelente, la cumbre de la colaboración entre Sinatra y Don Costa, un álbum con unos arreglos que cautivan al oyente en temas de la altura de ‘Stardust’, ‘Misty’ o sobre todo ‘Night and day’, que queda aquí para la posteridad en una versión difícil de superar. El segundo, sin embargo, es un trabajo más ligero, el único grabado por Sinatra fuera de Estados Unidos. Aprovechando su paso por Londres al concluir una gira benéfica mundial, Sinatra decidió llevar a cabo un trabajo que había planteado tiempo atrás, el de grabar un disco de canciones inglesas con todo un equipo británico. El resultado no convence, no hay química, y el propio?Sinatra fue el primero en percatarse de ello. De hecho, no se editó oficialmente en Estados Unidos hasta 1993.

En 1963, tras concluir su contrato, Capitol no tuvo más remedio que dejar en libertad a Nelson Riddle, cuya colaboración ansiaba Sinatra desde el primer día de trabajo en Reprise. Junto a él, en nueve meses, el cantante grabó tres discos con los que intentó por última vez demostrarse a sí mismo que los tiempos no estaban cambiando tan deprisa. Pero sí que lo hacían. “The concert Sinatra”, “Sinatra’s Sinatra” y “Academy award winners”, publicados entre mayo del 63 y marzo del 64, pusieron de manifiesto que había un nuevo sector de público comprador de discos cada vez más fuerte, los jóvenes, y éstos no compraban álbumes de Frank Sinatra.

El desigual resultado de ventas no es obstáculo para destacar el gran valor de estos discos, especialmente “The Concert Sinatra”. Cantante y arreglista hicieron un excelente trabajo con este ambicioso proyecto, afectado tal vez de una excesiva orquestación en ocasiones.?Sin embargo, el conjunto brilla con perfección, con algunos momentos especialmente notables como en los temas ‘I have dreamed’, ‘Bewitched’ o especialmente ‘Ol’ man river’, donde el trabajo de Sinatra en su control de la respiración, el juego con las escalas y la modulación de la voz resulta sencillamente extraordinario.

Los discos con los que el cantante sí que recabó importantes éxitos de crítica y público en aquellos años fueron los dos brillantes encuentros con el genio del jazz Count Basie. “Sinatra-Basie”, en 1963 y con Hefti como arreglista, así como “It might as well be swinging”, el año siguiente, con un joven Quincy Jones al frente, revalidaron la imagen de Sinatra como vocalista de jazz y constituyeron dos de las mejores grabaciones del artista en el primer lustro de los sesenta. Ambos discos resultan muy recomendables, pues en los dos casos la conexión entre el cantante y la banda es total, con una energía contagiosa en las ejecuciones, y un sonido poderoso y deslumbrante. La versión de ‘Fly me to the moon’ con la que se abre el segundo disco es de las que cortan la respiración.

Sinatra y?Basie se reuniría una vez más en 1966 para dar una serie de memorables recitales en el Hotel Sands de Las Vegas, también con Jones como arreglista. La grabación de una de aquellas noches perdura como el mejor registro en directo del cantante: “Sinatra at the Sands”, una verdadera delicia que no debería faltar en ninguna discoteca particular.

LOS TIEMPOS HABÍAN CAMBIADO
En 1965 Frank Sinatra cumplió cincuenta años, y demostró que era muy consciente de su edad. Ahora se permitía revisar su vida con perspectiva y sabiduría, reflexiones que plasmó en el excelente “September of my years”, con unos maravillosos arreglos de Gordon Jenkins y una canción, ‘A very good year’, que le haría ganar varios premios, entre ellos, el Grammy al mejor álbum del año. En la misma línea de discos conceptuales se incluye el reflexivo “Cycles” (1968). Con este disco, Sinatra y Don?Costa intentaron ofrecer temas actuales de Joni Mitchell, Glen Campbell o Jimmy?Webb con arreglos de la vieja escuela, en una suerte de “retro-cool” que demostró ser una mala idea. La pareja artística que unos años atrás habían firmado el excelente “Sinatra and strings”, que sigue sonando fresco cuarenta años después, veía con frustración que la nueva propuesta no convencía a nadie.

Pero aquélla se convirtió en una obsesión para el Sinatra de la segunda mitad de los sesenta: reinventarse. Quería plantarle cara a los jóvenes melenudos. Para ello, visto que era difícil combinar pasado y presente, decidió apartarse del estilo de balada clásica y swing jazzístico para coquetear cada vez más con el pop más actual. De la mano del infalible Nelson Riddle ganó una primera batalla en 1966 con “Strangers in the night”, que se convirtieron, álbum y canción, en notables éxitos. Temas como ‘Downtown’, ‘The most beautiful girl in the world’ o ‘Yes sir, that’s my baby’, mostraban a un cincuenton que se sentían joven y así quería manifestarlo con sus canciones.

También con Riddle publicó aquel año “Moonlight Sinatra”, un disco conceptual con la Luna como protagonista que devolvió la confianza a los críticos sobre las posibilidades de Sinatra para facturar trabajos interesantes, aunque comercialmente nada atractivos.

Y visto que la revolución musical era imparable, a partir de 1967 decidió “pactar” con el enemigo. Por ejemplo, aprovechó el éxito de su hija Nancy con ‘These boots are made for walkin’ para grabar con ella un tema ágil y pegadizo ‘Something stupid’, que suponía un claro gancho para el mercado juvenil. La idea funcionó, y padre e hija se alzaron, juntos, al número uno. Antes, cada vez que Sinatra ojeaba la lista de éxitos y leía nombres como The Byrds o Jimi Hendrix, y el suyo entre ellos, se enfurecía. Ahora, gracias a ‘Something stupid’, seguía sin gustarle, pero al menos se había colocado por encima de todos.

Visto lo solvente del asunto, la siguiente propuesta fue grabar un álbum ese mismo año con Antonio Carlos Jobim, el máximo representante del nuevo ritmo que llegaba del sur, la bossa nova. Con él, y unos exóticos arreglos del innovador Claus Ogerman, Sinatra añadió otro éxito a su lista, ‘The girl from Ipanema’, incluida en un disco que sigue escuchándose hoy con agrado, “Francis Albert Sinatra & Antonio Carlos Jobim” (1967). Con él, Sinatra abría las puertas de la música brasileña al mercado anglosajón décadas antes de que empezase a hablarse de la world music. No estaba mal para un veterano que ya iba de vuelta de todo.

Tras ése, llegaría otro encuentro histórico, esta vez junto al “duque” del jazz, Duke Ellington, en “Francis A. and Edward K”.(1968).?Este disco supuso un respiro para el público más clásico, que debía estar bastante horrorizado ante el giro radical que estaba tomando la trayectoria del crooner por antonomasia, inmerso ya por completo en terrenos pop. La reunión con Ellington, aun siendo interesante y de factura impecable, no resultó tan fresca y natural como los discos junto a Basie, tal vez debido en buena medida a un repertorio menos atractivo.

Y entonces, en 1969, llegó “My way”. Sinatra confeccionó un álbum a base de canciones de notable actualidad que se llevaría a su terreno, con desigual resultado, a partir de unos arreglos con los que Don Costa se resarcía de su última pifia. Frank entró en el estudio a grabar nada menos que ‘Yesterday’, de los Beatles; ‘If you go away’, que era una adaptación al inglés de ‘Ne me quitte pas’, el éxito de Jacques Brel, representante ilustre de la chanson francesa; ‘Didn’t we’, del joven compositor de moda Jimmy Webb; o ‘Mrs. Robinson’, de Simon & Garfunkel.

En relación a esta última, hay una anécdota que explica la perspectiva todopoderosa con la que Sinatra afrontaba las versiones de esos “jovenzuelos”. En una conversación telefónica con Sonny Burke, arreglista y productor del disco junto a Don Costa, trataban de escoger algunas canciones de peso para el álbum cuando Burke le comentó: “¿Por qué no grabas algo de esos chicos, Simon & Garfunkel? Ese Paul Simon tiene buena reputación como compositor”. “Está bien –respondió Sinatra-. Grabaremos esa canción sobre una mujer, ¿cómo se llama? ¡Mrs Robinson!” “Estupendo, Frank”. “Eh, espera un momento, Sonny. ¿No es ésa la canción en la que habla de Jesús?” “No lo sé, Frank, creo que sí”. “Pues lo cambiaremos. ¿Quién se ha creído ese chaval que es? Cole Porter no pone a Jesús en sus canciones, ni Van Heusen. Lo cambiaremos”. Y así, el popular verso “Jesús la ama más de lo que usted cree” quedó convertido en “Jilly te ama más de lo que tú crees”. La canción que cuestionaba la moralidad de la vieja América quedaba así convertida en una parodia en la que Sinatra también se permitía alguna de sus gamberradas sexuales, como cuando canta: “¿Qué tal anda su pájaro, señora Robinson? El mío, tan bien como el vino, ya debería saberlo”.

Anécdotas aparte, Sinatra defendió bien la mayoría de los temas. Los arreglos funcionaban, y aunque ya no podía presumir en absoluto de hacer los grandes discos de antaño en Capitol, al menos eran propuestas originales. Cuando?”My way” se publicó, a mediados de 1969, las listas de sencillos estaban encabezadas por la dulcificada psicodelia del medley ‘Aquarius/Let The Sunshine in’, interpretado por The 5th Dimension. Aquello era herencia directa del “flower power”, la “primavera del amor” y tantas otras cursilerías que Frank Sinatra no entendía ni quería comprender. A él sólo le gustaba un lenguaje, el de los hechos, y con “My way” intentó de nuevo barrer de las listas a unos cuantos melenudos. Pero ni siquiera la canción que daba título al disco logró imponerse en las listas, quedando estancada en el puesto 27.

Al desigual recibimiento de “My way” le siguieron otros dos discos que pasaron con más pena que gloria, a pesar de suponer sendas experiencias originales. El primero, “A man alone”, lanzado a finales del 69, era una atractiva colaboración con el poeta Rod McKuen, que escribió para Sinatra tanto las letras de las canciones como algunos poemas sueltos que el cantante recita a lo largo del bucólico disco; una pieza que merece la pena revisar. Al año siguiente, “Watertown” presentaba la historia de un matrimonio en crisis y la relación con sus hijos, que viven en el pueblo del mismo nombre. Estructurado en dos partes, a modo de pieza teatral, el disco suponía una nueva sorpresa viniendo un veterano del estilo Sinatra, aunque las intenciones fueron más destacables que los resultados.

PASAJE A LA LEYENDA
A finales de los sesenta las canciones de Frank Sinatra ya no sonaban tanto en la radio. Tampoco los críticos prestaban apenas atención a sus discos, aunque ahora resultaban más originales y arriesgados que nunca. Es probable que cuando Francis Albert se sentase a meditar, lo que circulase por su cabeza fuese un discurso similar el texto de ‘My way’: había tenido una vida plena de éxitos, de amores y de amigos. Había gozado del cariño del público durante más tiempo que ningún otro artista, y tal vez abusó de su confianza; ahora se sentía relegado, una vieja gloria. Por ello, en la primavera de 1971 anunció que se retiraba. “Sinatra dice adiós y amén”, tituló la revista “Life”.

Durante un par de años el artista se dedicó a la vida contemplativa y a las causas benéficas, además de a recibir miles de cartas de admiradores de todo el mundo rogándole que volviera. El cantante cedió a la tentación y se animó a pasar por el estudio a comienzos de 1973, pero los resultados fueron tan mediocres que ordenó que se destruyesen las cintas. Repuesto de aquel revés, el 4 de junio de 1973 entró de nuevo en un estudio de grabación. Fue en la sala 7 de los estudios Goldwin, y junto al cantante estaban dos de sus colaboradores de confianza, Don Costa como productor y Gordon Jenkins como arreglista. Una apuesta segura para el regreso. Además, contaba con canciones del momento tan sólidas como ‘Let me try again’ o ‘Send in the clowns’ (ésta, sobre todo, quedaría como una de sus cumbres interpretativas en los setenta). Frank registró tres temas el primer día, otros tres al siguiente y seis más pasadas dos semanas. “Ol’ Blue Eyes is back” (“El ‘viejo ojos azules’ ha vuelto”) fue el prometedor título del disco publicado en septiembre del 73, un regreso de lo más digno y que aún conserva cierta vigencia.

Aquella vuelta a la arena musical, no obstante, habría de ser bastante sosegada, a la medida tal vez de un hombre a punto de cumplir los sesenta. Y así, en mayo de 1974 se metía de nuevo en el estudio para dejar listo el que habría de ser su último álbum en seis años, “Some nice thing I’ve missed”. Con canciones de moda como ‘Sweet Caroline’, de Neil Diamond, ‘You are the sunshine of my life’, de Stevie Wonder, o la enérgica ‘Bad, bad Leroy Brown’, con la que robaba los aplausos más entusiastas en sus conciertos, Frank Sinatra hacía un último intento por recuperar su estatus discográfico. Pero la apuesta, lejos de la calidad y el equilibrio de su disco anterior, no convenció al público joven ni a sus fieles más exigentes, sólo a sus incondicionales. Los arreglos eran bastante vulgares y el propio cantante no parecía tomarse en serio sus interpretaciones salvo en algunos cortes concretos. Así que Sinatra asumió que su mundo debería replegarse a los circuitos de actuaciones de toda la vida, algunos especiales televisivos de vez en cuando y los multitudinarios conciertos benéficos de rigor.

Eso sí, pocos meses después, en octubre del 74, el cantante dio una serie de históricos conciertos en el Madison Square Garden que quedarían registrados para la posteridad en audio y vídeo: “The main event”. La voz de Sinatra es sólo correcta en este directo –y ojo, que eso no es decir poco–, para la emoción que crea la multitud, entregada por completo al espectáculo, resulta contagiosa. Suele citarse este concierto como el paso oficial de Frank Sinatra de simple artista a la categoría de mito.?Basta echarle un vistazo a la grabación (mejor en DVD que en CD) para entender las razones. Sólo las interpretaciones de ‘The lady is a tramp’ y de ‘Angel eyes’ –que hace estremecer–, ya valen el precio de la compra.

Entre giras y bolos varios, es probable que el viejo león no pudiese permanecer lejos de los estudios por más tiempo, de ahí que en la primavera de 1977 decidiese poner en marcha otro proyecto conceptual, en este caso dedicado a las mujeres, con una selección de canciones cuyo nexo en común eran sus títulos femeninos: ‘Sweet Lorraine’, ‘Barbara’, ‘Nancy’ o ‘Linda’ fueron algunos de los cortes que llegaron a grabarse, aunque el álbum previsto nunca vio la luz.

Después años sin grabar nada ante el rechazo del público, tal vez lo más lógico habría sido apostar sobre seguro con algún proyecto impregnado de clásicos y nostalgia, lo habitual en un artista de su edad y estilo. Por el contrario, Sinatra se empeñó volver al mercado con un disco que suponía una apuesta terriblemente arriesgada, demasiado, que muy pocos comprendieron. Lo hizo en 1980 con un álbum triple nada menos, “Trilogy”, que suponía un interesante experimento musical con el que el cantante fundía pasado, presente y futuro. Así, el primer disco (“The past”) se nutría de sus clásicos junto a Dorsey, como ‘The song is you’, ‘It had to be you’ o ‘Let’s face the music and dance’. Billy May se hacía cargo de esos arreglos, mientras que Don Costa afrontaba los de la pieza central (“The present”), un disco en el que La Voz entonaba canciones bien conocidas por el público en las voces de Elvis (‘Love me tender’), los Beatles (‘Something’), Neil Diamond (‘Song sung blue’) o Kris Kristofferson (‘For the good times’). El tercer disco (“The future”), compuesto y arreglado por Gordon Jenkins, era un ejemplo de pretenciosa pero valiente propuesta experimental, con sonidos rompedores y coros de corte futurista que dejaban fuera de lugar a Sinatra, lastrando un resultado final en el que nadie entendía qué pintaba el legendario cantante.

Aunque la mayor parte de las críticas fueron duras con ese tercer bloque, pocos pasaron por alto el arrojo de un hombre de 64 años y la carrera de Sinatra al aventurarse a seguir probando cosas nuevas. No obstante, los aficionados habrían de estar eternamente agradecidos a aquel álbum, dado que el segundo disco incluía el que sería el último gran éxito de la carrera del cantante, un nuevo himno que añadir a canciones como ‘I’ve got you under my skin’ o ‘My way’.

‘Theme from New York New York’, con unos contundentes arreglos de Don Costa, era el tema principal de la película de Martin Scorsese “New York New York”, protagonizada en 1979 por Robert De Niro y Liza Minelli. Escrita por John Kander y Fred Ebb, pocos han logrado rendir un tributo musical a la “Gran Manzana” como Sinatra con esta interpretación. Su grado de identificación con el tema ha hecho que muy pocos se hayan animado a grabar la canción tras él.

UNA DOBLE DESPEDIDA

De nuevo en caliente, y a pesar de las escasas ventas de “Trilogy”, Sinatra lanzó en noviembre de 1981 su último disco con Reprise, “She shot me down”. Afortunadamente, todos los elementos se conjuraron para que ésta fuese una despedida a la altura, y Francis Albert logró presentar con ello un excelente trabajo. Con arreglos y dirección de Gordon Jenkins y producción de Don Costa, el cantante lograba por fin su ansiado objetivo de renovación. “She shot me down” ofrecía una selección de nuevas composiciones que mantenían el clima de sus clásicas “canciones de bar”. Tal vez animado por ello, trabajó su voz como no lo había hecho en “Trilogy”. De esta forma, “She shot me down” resultó un trabajo destacable, de ambiente triste y desolado, a la altura de su trilogía de despedida de Capitol Records.

Tres años después, en 1984 llegaría al mercado el último disco de estudio de Frank Sinatra (a margen de su regreso a Capitol en los noventa para perpetrar los dos volúmenes de la serie “Duets”). Aunque esta grabación final suele incluirse dentro del catálogo de Reprise (de hecho, es el sello que la distribuye actualmente), en su momento no tuvo nada que ver en la empresa. Idea y financiación corrieron a cargo de Quincy Jones, a través de su propio sello discográfico, Qwest Records. Jones ya había trabajo años atrás, en directo y en el estudio, con ‘el Viejo Ojoz Azules’, y ambos habían estado preparando recientemente un disco a dúo con Lena Horne. Problemas de salud de la cantante hicieron imposible culminar el proyecto, pero el músico y productor afroamericano se quedó con ganas de grabar con Sinatra.

Para ello, tras barajar varias ideas acabó proponiéndole hacer un disco al viejo estilo. Jones se encargaría de reunir a la mejor orquesta de jazz imaginable en aquel momento y prepararía unos arreglos nuevos y vibrantes para temas clásicos, algunos ya interpretados por Sinatra, junto a otros eternamente postergados y un par de novedades. Para redondear la propuesta, el disco se grabaría “en vivo”, con toda la banda tocando a la vez mientras el cantante hacía su trabajo. Sinatra no pudo decir no.

Los hermanos Brecker, George Benson, Joe Newman, Tony Mottola, Steve Gadd, Frank Foster o Lionel Hampton fueron algunos de los músicos convocados para un set que incluía ‘Stormy Weather’, ‘It’s All Right With Me’ o ‘Teach Me Tonight’.?Sin embargo, y aunque intentó mantenerse fiel a un estilo jazzístico clásico, a Jones se le fue un poco la mano con los sintetizadores en alguna pieza en su ambición por demostrar que Sinatra y sus canciones podían funcionar con los arreglos pop del momento, por no hablar de la adaptación de algunas letras (como ese verso en el que La Voz canta: “Sería capaz de pegarle a Mr. T por ti”. Sí, efectivamente, se refiere al actor negro talla armario-de-dos-lunas con miedo a los aviones).

Es cierto que el último trabajo de estudio de Frank Sinatra no resultó tan brillante como cabría esperar, entre otras cosas porque el cantante no atravesaba un buen momento interpretativo, y en demasiadas ocasiones se nota el inclemente paso de los años. Pero el que tuvo, retuvo, y en este caso es más que evidente. Por eso, escuchado en conjunto, resulta un disco muy agradable, destacando el poderoso sonido de esa big band trabajando a tope para acompañar al gran señor de la canción; un disco inimaginable en plenos años ochenta.

Además, este “L.A. is my lady”, que así quedaría bautizado el álbum, sirvió para dar a conocer el último gran clásico del artista, ‘Mack the Knife’, una pieza electrizante que Sinatra disfrutaba interpretando en directo. Quincy Jones hizo un gran trabajo con este tema, sacó lo mejor de cada músico y escribió unos arreglos magistrales, con la banda incorporándose poco a poco a la melodía a medida que va subiendo el tempo y la intensidad de la historia.

Como bien se dice en la letra, adaptada para la ocasión, esta canción ya era conocida en las voces de Bobby Darin, Louis Armstrong o Ella Fitzgerald. Ante tal panorama “parece que el Viejo Ojos Azules tiene poco nuevo que añadir”. Pero Sinatra se las arregla para salir airoso y dejar para la posteridad la versión definitiva de este tema. De hecho, era tal la complicidad de Sinatra con la pieza, con ese punto golfo que tanto le gustaba en algunas canciones, que decidió volver al estudio en 1986 para grabar de nuevo la pista de voz tras dos años curtiendo la canción en un sinfín de directos. Genio y figura hasta el final.

Publicación original (primera parte)

Publicación original (segunda parte)

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