‘La fiesta de Orfeo’ en el blog holmesiano 221B (13/11/09)

En España parece no estar muy bien valorada la literatura de género, los libros que sólo buscan el noble arte del esparcimiento, de divertir al lector sin más pretensiones. En los últimos años están surgiendo, sin embargo, una serie de autores que han echado el ojo sobre la literatura popular, que no se avergüenzan de tratar historias de terror, de ciencia ficción, aventuras o policíacas sin lecturas socio-políticas o cualquier otra exigencia culterana de por medio.

Javier Márquez Sánchez es una nueva voz aparecida en este ámbito, que esperamos prosiga por esta vereda y no se pierda, como otros con anterioridad, en objetivos más elevados pero menos entusiastas para el lector (y no pienso citar nombres). En esta su primera novela de ficción, La fiesta de Orfeo, Márquez realiza un extremadamente divertido pastiche temático, aunando satanismo, la novela detectivesca y la recreación cinéfila, en un ejercicio no tan fácil como pudiera parecer en un inicio.

El libro, desde luego, no es una joya literaria, ni pretende serlo. No por ello es un trabajo flojo en ese sentido; hace gala de una redacción sencilla, directa, que va al meollo sin retóricas superfluas. En ese aspecto, lo más digno de resaltar es la habilidad para la confección de diálogos, dotados de frescura y agilidad, pero sin la llaneza vergonzante de muchos autores de best-seller internacionales. Aunque, en todo caso, lo más destacado es el estupendo diseño de personajes que alcanza, aún basándose de manera intencionada en arquetipos. En un reparto coral, diríase, sobresale una figura por encima de todas, Peter Cushing. El mítico actor de tantas producciones de terror, rostro indisociable de tres personajes como son el barón Frankenstein, Sherlock Holmes y Abraham Van Helsing, desfila por estas páginas perfectamente retratado por Márquez, a tal punto que es identificable con lo que de él sabemos por lo leído y por lo que le hemos visto en las películas; cabe referir que Márquez le hace “interpretar” uno de sus papeles más sinceros, emocionados y exaltados, y los “tics” que le hemos visto en tantas cintas los reproduce en esta ficción con la misma credibilidad que en la pantalla. Junta a él, un dúo maravilloso, el inspector Andrew Carmichael y su joven colega, el detective Harry Logan; es innegable la influencia que en ellos ejerce el tándem formado por Sherlock Holmes y el doctor Watson, tanto por sus métodos deductivos como por el compañerismo que entre ellos se establece, si bien veo mayor similitud, tanto por las temáticas en que se ven envueltos como en su interacción, con el detective de lo sobrenatural Harry Dickson y su joven pupilo Tom Wills, no en vano surgidos a raíz de una imitación germana del genio de Baker Street, y siendo conocido Dickson como “el Sherlock Holmes norteamericano”.

Otros muchos personajes confluyen en la trama, personajes igualmente entrañables y muy bien definidos, de los cuales sin embargo sólo resaltaré a dos: el profesor Arthur Aberline (cuyo nombre remite a otro investigador, el que hizo frente al temible Jack el Destripador), y que podría definirse como una especie de mezcla entre el profesor Challenger, otra creación de Conan Doyle, y el Nero Wolfe de Rex Stout, y Lord Sherringford Meinster (otro nombre de resonancias sherlockianas), satanista y millonario.

La trama ofrece un escollo importante como es un arranque apabullante, con el cual es difícil proseguir en un tono similar el resto de la narración. Así pues, tras el clímax inicial, todo comienza de nuevo de un modo calmo pero sin descanso, desvelando de forma paulatina la trama en la cual está implicada una película impía denominada La fête du Monsieur Orphée, innegable guiño a otra cinta inexistente (¿o no?) como es La fin absolute du monde, en el telefilm Cigarette Burns de la serie Masters of Horror de John Carpenter. Precisamente a Carpenter hay otro guiño, pasados como dos tercios de la novela, ante un ataque perpetrado contra las oficinas de Scotland Yard.

La novela está cargada (que no sobrecargada) de guiños cinéfilos por parte de un entusiasta que logra contagiar ese arrebato al lector, que ha de proseguir la lectura de forma constante, sin interrupción, para descubrir la consecución de todo; mas no sólo eso, es decir, siendo el destino importante, el propio viaje en sí resulta fascinante, ofreciendo al viajero una ruta hipnótica, que mantiene el interés en todo momento, con la interrelación entre los distintos personajes y las situaciones que se van desarrollando.

Terminamos con el deseo de que Javier Márquez nos aporte más aventuras, esta vez como protagonistas absolutos, del inspector Carmichael y su amigo Harry Logan, investigando casos sobrenaturales de muy diferente cariz. El literatura española de género lo necesita.

Carlos Díaz Maroto

Publicación original